LOBEZNO, DE CHRIS CLAREMONT Y FRANK MILLER
por David for President


Hubo un tiempo en el que todos los críos se pedían a Spiderman o al Capitán América. Y si no estabas rápido, acababas siendo Hulk, o La Cosa, o alguno de esos personajes que, aún sin estar mal, distaban mucho de ser tu favorito. Y así, en el patio del colegio, en el parque, en el patio de casa, se libraban batallas interminables inspiradas por esos tebeos que nos sorbían el seso en esa edad en la que aún no eras demasiado mayor como para avergonzarte de leer tebeos.

Ser niño, en contra de lo que se suele decir, era un trabajo agotador. No sólo eran el cole y los deberes que te llevases a casa, sino también las clases de inglés o todas esas chorradas a las que los padres apuntan a sus hijos para poder trabajar sin estar preocupándose de que estén tirados en un parque con esas malas compañías que, con los años, inevitablemente les acabarán abocando a la drogadicción, a la delincuencia y, finalmente, a una muerte segura; kárate, atletismo, baloncesto, pintura (vete a saber por qué),... Visto en retrospectiva, aún me parece un milagro que mi ajetreada niñez me permitiese sacar unas horas al día para poder hacer cosas de provecho, como jugar con los amigos o descubrir las cualidades inspiradoras de la música pop, el cine de acción de los ochenta o los dibujos animados nipones.

De entre todas las formas en que malgastaba ese tiempo que me tendría que haber convertido en abogado, cirujano o ministro, mi favorita era leer cómics. Dios sabe lo mucho que disfrutaba leyendo cómics.

Tampoco es que la paga semanal de un crío diese para mucho, y por mucho que te pusieses de acuerdo con otros amigos para seguir colecciones diferentes y leerlas de gorra, había que buscarse la vida. Creo que siempre recordaré con cariño aquellos sábados en los que metía en una bolsa un puñado de tebeos viejos y me pateaba los tres o cuatro kioscos de mi barrio en los que cambiaban cómics por un duro. Los más talluditos lo recordarán, y a los más jóvenes les sonará a ciencia ficción, pero así era. Rebuscabas entre un montón de tebeos ajados y por menos de lo que costaba un paquete de chicles cambiabas los que ya habías leído y releído por nueva lectura.

El Lobezno que me ganó para siempre, mi Lobezno, esperaba en una de esas cajas polvorientas.

En calidad de devoto seguidor de la Patrulla-X, por aquel entonces ya empezaba a flipar con el personaje. En el fondo creo que, en mayor o menor medida, todos lo hacíamos. Era tan diferente a los demás héroes... Bajito y gruñón, con un punto salvaje que de vez en cuando asomaba y llegaba incluso a dar un poco de miedo, era ese tipo al que no le importaba mancharse las manos con tal de hacer lo correcto. Y además tenía esas garras, que al principio pensábamos que salían de sus guantes y que para nuestro júbilo descubrimos que formaban parte de su esqueleto de adamantium. No sólo era un antihéroe mucho antes de que supiésemos que esa palabra existía, sino que además tenía un halo de misterio que hacía que cada nueva revelación fuese todo un hallazgo. Impagables esas conversaciones grupales en las que especulábamos con su pasado o con su futuro. ¿Cómo no íbamos a flipar?

Como decía, un sábado cualquiera mi recorrido por el circuito habitual de kioscos se saldó con la adquisición del primer número de la, ahora legendaria, Colección Extra Superhéroes, que era una serie que sacó Forum para recopilar miniseries que no tenían cabida en otras líneas y que nos dejó una cantidad sorprendente de pequeñas joyas que a día de hoy se siguen reivindicando como exponentes de lo buenos que eran los tebeos de Marvel por aquel entonces.

Aquel primer número de la colección recogía una limited de cuatro números protagonizada por Lobezno, una historia que se gestó en un largo viaje en coche a través de América tras una convención. En él, Chris Claremont y Frank Miller hablaban del personaje, del animal, del hombre. Claremont, tras ir haciéndose un nombre con pequeños proyectos de lectura tan aconsejable como sus etapas en Marvel Team-Up o Iron Fist, era por aquel entonces el exitoso escritor de la Patrulla-X y tenía a Lobezno como uno de sus mayores activos. El nombre de Miller comenzaba a sonar a revolución: su Daredevil se mostraba como el imposible resultado de Will Eisner dibujando a Spiderman tras un maratón de cine de artes marciales, y, a la vuelta de la esquina, Batman aguardaba el momento de cruzar el relámpago saltando desde la azotea. Juntos daban forma al relato que tenía que redefinir a Lobezno, que ya de por sí era un personaje muy guay, con su mal humor, su inestabilidad, sus garras y sus sombras, pero que aún podía dar más de sí.

Y lo dio, vaya si lo dio.

En la primera página de la miniserie que acabaría siendo recordada como "Honor", Lobezno se declaraba el mejor en su trabajo, aunque este no fuera muy agradable. Y tras esa frase histórica y definitoria del personaje, mataba a un oso en lo que no podía verse de otra forma que una batalla entre dos animales furiosos. Y más tarde perdonaría la vida a un cazador, y todos sabríamos que en su fuero interno habría preferido asesinar al hombre y perdonar la vida al animal. Porque en el fondo, eso habría sido lo más justo. Él era así, y creo que por eso nos gustaba tanto.

De la mano de Lobezno, la estrella de nuestra colección favorita, viajábamos a un Japón que aún siendo fiel a esa imagen de intersección entre modernidad y tradición que Sofía Coppola nos mostraría con tanta brillantez décadas más tarde, también olía a meados en las calles y a peligro tras las esquinas, tanto como cualquier representación de los bajos fondos del Nueva York setentero. En el fondo, no distaba demasiado de aquella Cocina del Infierno que tantas veces había dibujado Miller.

Junto a Lobezno, el antihéroe antes de que supiésemos lo que era un antihéroe, asistíamos a una lucha de poder mafiosa. A peleas multitudinarias contra ninjas fantasmales (imborrable aquella doble página en la que el personaje atraviesa una ventana para encontrarse al otro lado con una horda de asesinos). A duelos a muerte, fracasos y traiciones. Y por encima de todo, al fin, a Logan. El que derrotaba al animal interior. El que mataba y, si hacía falta, moría por amor. El gaijin indigno con alma de samurái. El hombre. Sólo Logan. Y yo, un crío aprovechando su tiempo libre entre clases y actividades extraescolares, asistiendo absorto al espectáculo de mi primer cómic adulto en forma y fondo, enamorándome un poco más de los tebeos y (re)descubriendo a un personaje que marcaría mi pasión por el medio durante aquellos años.

Con los años, Claremont continuaría escribiendo mes a mes su legendaria etapa en la Patrulla-X y quedaría ligado a ella para siempre. Frank Miller se convertiría en una de las figuras mejor valoradas de la historia del cómic de superhéroes, con obras maestras tan destacadas como el arco de Daredevil titulado "Born Again", su contribución y reinvención de Batman en "Año Uno" y "El Regreso del Caballero Oscuro" o esa colección de relatos sobre almas perdidas empapadas de lluvia y culpa que es "Sin City". "Honor" acabaría siendo recordada como una de las mejores historias de Lobezno jamás escritas, puede que la mejor. Y Logan,... bueno, Logan terminaría siendo uno de los personajes estrella de Marvel, protagonizaría miniseries, novelas gráficas e incluso películas, tendría su propia serie en solitario, amaría, viviría, moriría y saldría en cualquier colección que necesitase un impulso de ventas. Y con todo esto, algunos casi nos olvidaríamos de que hubo un tiempo en que Lobezno fue nuestro favorito, un samurái en busca de su alma, y de que sin darnos cuenta, en el colegio, en el parque o en el patio de casa, el más rápido tenía garras.

Snikt.

(Ediciones en España: aquel que quiera descubrir esta historia no debería tenerlo demasiado difícil, pues se ha recopilado prácticamente en cualquier formato posible: aparte de en el mencionado número uno de la Colección Extra-Superhéroes, Forum reeditó la historia en la colección mensual de grapa "Clásicos Marvel", en su lugar cronológico correspondiente en el coleccionable semanal X-Men y en un tomo independiente llamado Lobezno: Honor. Y Panini, por su parte, ya la ha recopilado en un tomo de su línea Best of Marvel Essentials, en blanco y negro en la Biblioteca Marvel dedicada a la recopilación de la Patrulla-X y este mismo año incluirá la miniserie en el cuarto Omnigold de La Imposible Patrulla-X)


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