MARVEL GOLD CAPITÁN AMÉRICA Y EL HALCÓN 4:
¡EL OTRO CAPITÁN AMÉRICA!

por Adamvell


En nuestro último artículo dedicado al Marvel Gold: Capitán América y el Halcón #3: El quinto durmiente, dejamos al personaje de una vez por todas asentado en la era moderna. Se habían acabado las depresiones, y por fin se había convertido en el personaje seguro de sí mismo y adaptado al presente que todos conocemos, con una alianza firme con su compañero el Halcón. Esto, que en principio debería considerarse algo bueno, derivó en el comienzo de la narración de este Marvel Gold en una serie de historias genéricas y faltas de interés, salidas de la pluma de un poco inspirado Gerry Conway. Como si el haber salido del círculo vicioso que tenía la serie desde su inicio nos hubiera llevado a un lugar sin personalidad ni definición. El apartado gráfico, en cambio, permanece sólido como una roca, con la prácticamente ininterrumpida aportación de Sal Buscema, que si bien ya sabemos que nunca será considerado como uno de los grandes ilustradores del medio, siempre cumple lo que se le pide sin bajar nunca el pistón. Eficaz como pocos, con un don para dibujar todo tipo de escenas, el bueno de Sal es único representando la acción: golpes, saltos y peleas adquieren bajo su pluma una energía inusitada.

La primera historia es cuanto menos estrambótica para la serie de la que hablamos. Como si le estorbara el entorno del personaje, Conway hace que Nick Furia corte todo contacto entre el Capitán América y SHIELD, así como ordena a Sharon Carter no volver a ver a Steve. Es una rabieta indigna de este personaje, algo que intentará arreglar Steve Englehart en cuanto aterrice en la serie unos cuantos números más tarde. Conway no dedica más que unas pocas viñetas a desembarazarse de estos secundarios de la cabecera, y se enfanga en un extraño argumento en el que Batroc se dedica “inocentemente” al secuestro de niños de Harlem para entregárselos a un supuesto criminal que resulta ser el Extraño... solo que no es el Extraño, sino un equivalente de otra dimensión llamado Jakar, que quiere utilizar a los niños para revivir a su extinta raza. Aquí el Saltador se rebela contra quien lo ha contratado, porque claro, cómo iba a pensar él que un secuestrador de niños les iba a hacer daño... En fin. A señalar como destacada la primera aparición de un personaje que será muy importante en el entorno del Halcón en el futuro: el mafioso de Harlem, Morgan. Es un personaje que vivirá una relación de amor odio con Sam Wilson, quien recurrirá a él en busca de información al tiempo que promete detenerlo, mientras que Morgan quiere al Halcón en nómina.

La siguiente historia de Conway no tiene historia, valga la redundancia. No es más que unos pocos números con enfrentamiento del Capi y el Halcón contra una extraña asociación entre el Escorpión y Míster Hyde, que reducen a Sharon a la típica novia rehén que no sirve para nada y que se acaba solucionando de la manera más simple: a golpes. Si acaso, lo único destacable positivamente es el tratamiento que Conway ofrece al Halcón, tan a la sombra del Centinela de la Libertad en demasiadas historias, mientras que en estos números se muestra absolutamente como un igual. Por fortuna, Steve Englehart estaba a la vuelta de la esquina para deshacer este entuerto. La mejora en la serie fue casi inmediata. Igual que Conway dedicó apenas unas páginas a cargarse la relación con Nick Furia, Englehart hace lo mismo pero para arreglar el tema, atando satisfactoriamente el cabo suelto que dejó Conway.

Una vez satisfecho, al haber cortado lazos con la etapa anterior, Englehart se lanza de cabeza hacia su primera gran historia: la del Capitán América de los años cincuenta. Aquí hay que hacer una mínima recapitulación sobre quién es este personaje. Tras la cancelación de su serie pasada la guerra, y previo a su reaparición en el Universo Marvel de los años sesenta, el personaje vivió un fracasado intento de relanzamiento en la década de los cincuenta. Este Capitán América, acompañado de Bucky, vivió sus aventuras frente al poder comunista en lugar del nazi, asaltando rojos por doquier. Apenas tuvo una decena de apariciones. El caso es que esas aventuras fueron completamente ignoradas al renacer el personaje en la Era Marvel. Era como si nunca hubiera existido, ya que Stan Lee estableció que el Capitán América había permanecido en el hielo desde antes del final de la Segunda Guerra Mundial, y que Bucky había muerto. A Steve Englehart no le debió de convencer esta circunstancia, por lo que se puso manos a la obra para integrar esas olvidadas historias de los cincuenta en la continuidad oficial.

De vuelta a la serie que nos ocupa, Steve y Sharon han decidido tomarse unas vacaciones en Hawái, alejados de todo y de todos. Es, por tanto, el Halcón el que queda patrullando las calles de Nueva York por los dos. En ese contexto, nuestro sorprendido protagonista se encuentra con que alguien vestido del Capitán América está pegando palizas a negros en Harlem. Sabiendo que es imposible que sea su compañero, se dedica a su búsqueda, hasta dar con él para desenmascararle, cosa que consigue. Y para su sorpresa, quien se esconde detrás de la máscara es... Steve Rogers, ¡y Bucky le acompaña! Aquí enlazamos con la comentada intención de Englehart de conseguir integrar al Capitán América de los cincuenta en el Universo Marvel. Lo convirtió en un personaje diferente, un tal William Nasland, que tomó el manto del Centinela de la Libertad para emular a su ídolo. Pero algo salió mal: el experimento quedó incompleto, lo que afectó la capacidad de raciocinio del nuevo Capitán y de Bucky, haciendo que vieran enemigos comunistas por todas partes. Tanto, que tuvieron que ser sacados de la circulación por el Gobierno de los E.E.U.U. ante el peligro que suponían.

En cuanto a la saga en sí misma, el autor no se limita a recuperarlos dando una explicación a su ausencia y a su olvido. Englehart era un tipo progresista, y al recuperar un personaje tan marcadamente opuesto a su propia idea de lo que debe ser el Vengador de las Barras y Estrellas, lo hace de manera que contraste con lo que debería ser en realidad. Con ello consigue de un plumazo que el Capitán América, Steve Rogers, el auténtico, se posicione en el espectro político de la moderación, alejado de cualquier extremismo por muy patriota que sea. Esta definición política, hasta ahora casi inexistente, marcará al personaje para siempre, y será germen de decenas de historias futuras en las que el Cabeza Alada deberá discrepar e incluso enfrentarse no solo a todo tipo de patriotas americanos de extrema derecha exaltados, sino a su propio gobierno. Ésta será la aportación fundamental e histórica de Englehart al personaje, al cual afectó como ningún otro autor ha vuelto a hacer jamás. Señalar además que el Bucky de los cincuenta se convirtió más adelante en un personaje relevante por sí mismo, mucho más que su compañero. Se trataba de Jack Monroe, futuro Nómada, que se convirtió en compañero de pleno derecho de Steve Rogers y llegó incluso a protagonizar una colección propia en los años noventa, a cargo del guionista Fabian Nicieza; serie de profunda raigambre social y de denuncia, en las antípodas de lo que demuestra este perturbado personaje en la historia que nos ocupa. Como anécdota, cuando el inevitable enfrentamiento entre ambos Capitanes tiene lugar, la manera de distinguir el uno del otro no tiene que ver con el dibujo, sino con el color: como el verdadero Capi estaba de vacaciones en la playa, el pobre había tomado mucho el sol, ¡y está colorado como un tomate!

Una vez terminada su primera saga con tamaño golpe encima de la mesa, Englehart no se durmió en los laureles. Bajo una aparente normalidad en las aventuras del dúo protagonista, empezó a cocinar poco a poco su siguiente historia en la serie: la Saga del Imperio Secreto. No obstante, dicha saga propiamente dicha no se incluye en este tomo, por lo que nos quedamos con sus prolegómenos. Nos referimos a la llegada de Víbora, un villano procedente del mundo de la publicidad. Esto que en principio podría parecer ridículo, cobrará todo su sentido de ser en números futuros, cuando la maquinaria de la propaganda se ponga a rodar. Aquí, sin embargo, tenemos un enfrentamiento más físico con este venenoso enemigo, con una consecuencia principal: al quedar el Cabeza Alada expuesto al veneno, éste interacciona con el Suero del Supersoldado que hay en su sangre, provocando que adquiera cierta superfuerza. Con ella, el Centinela de la Libertad es capaz de realizar acciones que hasta entonces no podía. El resultado de esto se nota sobre todo en su compañero. Si hasta ahora el Halcón podía estar más o menos a la sombra del Capitán América, con esta habilidad recién adquirida la distancia de capacidad entre ambos le acaba por resultar insoportable al pobre Sam Wilson, que decide disolver una vez más la sociedad entre ambos. Vemos aquí nuevamente que el equipo mítico del Capitán América y el Halcón, en contra de lo que pueda parecer, jamás estuvo del todo bien avenido mientras trabajaron juntos, más bien lo contrario. En cambio, esta relación se ha idealizado con el paso del tiempo y han funcionado mucho mejor como socios ocasionales, echando de menos los buenos viejos tiempos sin darse cuenta de que los “buenos viejos tiempos” no fueron en realidad tan buenos. Pero es igual de cierto que por mucho que el Halcón diera por terminada su sociedad en varias ocasiones, los acontecimientos siempre conspiraron para obligarles a trabajar nuevamente juntos, y esta vez no sería diferente.

El tomo se completa con varios acontecimientos relevantes para el futuro. En el primero, hablamos del retorno de un personaje perdido del pasado del Capitán América, hoy de rabiosa actualidad debido al Universo Cinemático de Marvel: Peggy Carter, novia del Cabeza Alada en tiempos de la Segunda Guerra Mundial, y hermana mayor de su actual pareja, Sharon. Peggy es la herramienta que el Doctor Fausto utiliza para intentar acabar una vez más con la psique del Capi. El lío está servido: ¿cómo explicar a Peggy la relación del Capitán con su hermana pequeña? La respuesta en este recopilatorio es curiosa: de ninguna manera. Como Peggy no conocía la identidad secreta de Steve Rogers, éste y Sharon pueden continuar su relación mientras siguen la pantomima en la identidad superheroica para no trastornar a una recuperada Peggy, que había sido manipulada por Fausto. Menudo culebrón...

El segundo acontecimiento es la vuelta de Víbora, esta vez integrado en una formación que dará mucho juego en futuras encarnaciones: el Escuadrón Serpiente, formado en este caso por él mismo, Cobra y Anguila, a la sazón hermano del propio Víbora. Además, nos encontramos con la aparición de una especie de trasunto del guionista, lo cual nos indica el nivel de implicación al que Steve Englehart había llegado en la serie. Estamos hablando de Dave Cox, un veterano de guerra con un brazo amputado, pero de profundas convicciones pacifistas. Por un lado, Cox es el vocero de las inquietudes políticas izquierdistas de Englehart. Por otro, es el opuesto físico del actual Steve Rogers: tullido y débil. Pero también es lo que Steve pudo haber sido de no haberse sometido al experimento del Supersoldado. Así, ambos personajes, Cox y Rogers, son a la vez opuestos e iguales, en una pirueta argumental de gran calado. Hasta tal punto tienen un carácter similar, que Sharon Carter se siente atraída hacia Cox, mientras él a su vez se enamora de ella. La secuencia en la que el pacifista Cox, al que algunos podían tratar de cobarde por esa actitud, se mantiene firme ante la tortura a la que lo somete el Escuadrón Serpiente, muestra ese carácter indómito que comparte con el protagonista de la cabecera, aunque con una actitud diferente ante la vida. Toda una metáfora para el que la quiera ver. Es curiosa la hábil manera en la que Englehart deja caer las diferencias y similitudes de los personajes por mero contraste del comportamiento de unos y de otros. La situación con Dave Cox no es muy diferente del contrapunto con el Capitán América de los cincuenta, ya que ambos personajes se comparan con el Centinela de la Libertad y quedan retratados a la vez que sirven para perfilar al propio protagonista. Y todo ello sin que Englehart suene especialmente propagandístico o panfletario, lo cual es otra virtud de esta etapa. Puede ser obvia en algunas cosas, pero no tanto en otras, lo cual redunda en un beneficio para el disfrute del lector. Quien quiera ver una simple historia de aventuras podrá hacerlo, mientras que el que esté atento podrá captar los matices políticos.

Tenemos a continuación varias aventuras con cierto grado de entretenimiento pero de escasa relevancia real, como la presentación de la villana Sombra Nocturna como parte de un enfrentamiento de aparente mayor envergadura con la Garra Amarilla, que sin embargo pasa sin pena ni gloria. Este personaje oriental, trasunto del Fu Manchú de Sax Rohmer cuando Marvel no tenía los derechos del personaje, siempre dio la sensación de no llegar a dar el nivel de gran villano en la Casa de las Ideas. La intención y la ambición siempre fue de darle gran relevancia a su amenaza, pero por unas cosas y otras nunca se consiguió llevarlo hasta las cotas de un Doctor Muerte o un Magneto, quedando en una medianía con ínfulas de grandeza, relegado a unas pocas apariciones aquí y allá, siempre con estrambóticos planes de conquista mundial que finalmente quedaban frustrados. La irrupción del verdadero Fu Manchú en el Universo Marvel lo convirtió en redundante, y su mismo nombre lo transformó en un anacronismo racista que a la editorial ya no le interesa promocionar. En el caso que nos ocupa, nuevamente tenemos una saga que no pasa de entretenida, en el mejor de los casos.

Y, finalmente, como quien no quiere la cosa, se nos presenta a Helmut Zemo, alias el Fénix, hijo de Heinrich Zemo, el antiguo criminal nazi antagonista del Capitán América. Aquí se nos muestra en una historia alejada de ese legado, en la que queda derrotado por subestimar al Halcón debido a su raza. Además, asistimos a los acontecimientos que le llevaron a emular a su padre y quedar desfigurado. Sabemos hoy que Helmut se convertirá en el futuro en un nuevo Barón Zemo, pero no obstante, en este momento nada de eso se conoce y el personaje parece encontrar su final. No está mal para un fill-in, que ni siquiera fue guionizado por Steve Englehart sino por Roy Thomas.

Como conclusión: Englehart llegaba a la serie para revolucionarla como nunca antes en un momento en el que el personaje lo necesitaba como el comer. Esta vez sí, el protagonista cambiaría para siempre y nada volvería a ser igual. Rellenó un vacío, el que había dejado el periodo de adaptación del Capitán América al mundo moderno, afirmando el carácter del Vengador de las Barras y Estrellas en el momento en que dejaba de dudar de sí mismo. Un carácter que ya no le abandonaría nunca.

Y lo mejor aún estaba por llegar, con la culminación de la etapa Englehart en el próximo tomo de la línea Marvel Gold...


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